Crónica: A 75 años del Paricutín

Este es ahora un sitio turístico, al que visitantes locales y extranjeros se dan cita.

Los Reyes, Michoacán a 1 de Febrero de 2018.- En los albores del año de 1943, algo grande se anunciaba para los habitantes de Parangaricutiro; el 7 de febrero se registraron repetidos temblores. Era una tarde crepuscular, en una joyita cerca del poblado de Paricutín, Dionisio Pulido, un hombre forjado en las duras faenas del campo, purhépecha bronceado por el viento y el sol, se percata de que algo tibio late bajo sus plantas, presuroso se dirige a su poblado Paricutín, distante 3 kilómetros.

Lo que nace, abre sus ojos al mundo; bocanadas de humo, truenos y fuego que opacan la claridad del día.

Es así como nació un volcán, bautizado como Paricutín, por estar en las inmediaciones del poblado del mismo nombre; tuvo una altitud final de 2 mil 808 metros.

El pavor cunde entre los lugareños ante la intensidad de los sismos; es como una fragua que exhala humo negro, ceniza, arena, fuego y cientos de toneladas de piedras; la noche es día para los habitantes de Parangaricutiro, y el amanecer del día 21 de febrero, los sorprende en acuerdos, que se debe salir inmediatamente, no importa el lugar.

El volcán no da tregua, sigue enfurecido contra todo; el peligro aumenta y definitivamente habrá que salir de ahí.

Inicia el exilio, la primera caravana abandona el pueblo, triste y con lágrimas en los ojos. Allá a los lejos va quedando el cono volcánico, la nueva maravilla del mundo dada a conocer el 20 de febrero de 1943.

Para septiembre, el poblado de Paricutínha quedado sepultado; una lápida negra lo cubre todo. Ahora es un poblado nuevo conocido como Caltzontzin o Nuevo Paricutín.

En mayo de 1944 también inicia el éxodo de los habitantes de San Juan Parangaricutiro.

En peregrinación, llevan al Señor de los Milagros y su primera parada es la comunidad de Angahuan, distante cuatro kilómetros.

Una última vista a aquellas tierras fecundas en maíz, frijol, peras, durazno y manzana; a sus bosques ricos en resina, carbón y tejamanil, medios de subsistencia para muchos, y que ahora han pasado a formar una sola vida con el volcán, junto aquel cementerio negro de la lava.

San Juan de las Colchas, como también se le conocía, fue fundado en el año de 1540 por Fray Juan de San Miguel.

Y el camino continúa hacia Uruapan, 33 kilómetros más; el 12 de mayo parten de ahí hacia el lugar elegido, la vieja ex hacienda de Los Conejos a 10 kilómetros al poniente de Uruapan.

Se trazan las calles, la plaza, el lugar destinado para el templo del Señor de los Milagros; el pueblo se levanta, resucita lentamente pero con pasos firmes. La comunidad obtiene el rango de municipio el 18 de agosto de 1950.

Han sabido sobresalir, muchos viven del turismo religioso, aunque también a últimas fechas han sido víctimas del crimen organizado. Dos festividades importantes destacan, en enero, el concurso de Los Kúrpites, y en septiembre, la del Señor de Los Milagros.

Por más de 30 años, aquella zona devastada y árida, volvió a revivir y los cultivos renacieron, en las inmediaciones de la lava, los bosques reverdecieron y se puede observar huertas de aguacate y durazno que han reactivado la economía.

Las ruinas del antiguo San Juan de las Colchas, incluyendo la iglesia semisepultada, se han convertido en sitio de visita de turistas; la comida tradicional y la instalación de una decena de improvisadas cocinas de madera y lámina de cartón y 4 de artesanías, reciben a cientos y miles de visitantes.

En una atractiva zona turística, la lava y el pueblo sepultado, así como el volcán más joven de México, son un atractivo natural para todo el mundo. Hace falta infraestructura en la zona de las ruinas; acondicionar el camino que va de Zacánal volcán, que es la más corta para llegar en vehículo.

También señalética adecuada y estratégicamente colocada, y una campaña publicitaria, darían un plus a este turismo que por muchos años ha estado dormido al igual que el volcán.

En el lugar, aún se pueden observar vestigios de muchas casas y los trazos de las calles del antiguo poblado que tuvo que emigrar, aunque resurgen entre arbustos y maleza; la comida tradicional purhépecha, patrimonio cultural de la humanidad, también debería aprovecharse, pero con una mejor infraestructura de las cocinas y otros servicios.

Existen al menos tres caminos para llegar a las ruinas, el más corto, en automóvil desde Zacán, distante tres kilómetros; el segundo, a caballo desde la comunidad de Angahuan, que son cuatro kilómetros, y el más largo, de diez kilómetros y también en auto, de Nuevo San Juan Parangaricutiro.

Pero por si fuera poco, hace algunos meses, durante la temporada de lluvias, un rayo causó destrozos en la torre de cantera que emerge de entre la lava de la iglesia construida a en 1618; la cruz se vino al suelo, así como varios trozos de cantera; uno de los pilares está por caerse y representa un gran peligro para los turistas.

El único que ha pegado el grito en el cielo pero sin encontrar resonancia en ese desierto de piedra volcánica, es Jesús Velázquez Gutiérrez, conocido como el Cachuy, quien tiene una cocina ahí junto a las ruinas, pero no ha pasado nada. El lugar, hasta el momento sigue sin ser reparado, no hay avisos, no hay vigilancia, no hay guías turísticos, no hay infraestructura, y no hay buenos caminos para llegar.

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